DE CABOALLES A SANTA FE

 

De Caboalles a Santa Fe

 

“De Caboalles a Santa Fe” es un relato literario realizado por una “piscarda”, Dª María del Alba Álvarez de García Puente, que consiguió el III Premio del I Concurso a la Memoria de la Emigración Castellana y Leonesa, patrocinado por la Consejería de Presidencia y Administración Territorial de la Junta de Castilla y León, Centro de la UNED de Zamora y Asociación Etnográfica Bajo Duero. Ver noticia: www.espaexterior.com/suplementos/cyl/135castilla5.pdf

 

De Dª María del Alba poco podemos decir, leyendo su narración iremos conociendo lo que fue su vida desde que salió de Caboalles, por culpa de la guerra civil, hasta la fecha, que es Vicepresidenta del Centro Asturiano de Santa Fe (Argentina), tiene dos hijos eminentes odontólogos que también están en la Directiva del citado Centro Asturiano y cinco nietos. Es la hija de “El Pampero”, que tuvo un comercio de ramos generales en la casa que posteriormente fue Casa Faela y Casa El Largo, aún tiene familia en Caboalles como su primo Manolín el de la Sala.

 

Es un relato escrito con un estilo directo y sereno, sin asomo de amargura o rencor, destilando añoranza y cariño.

 

Añoranza de Caboalles, morriña de su pueblo que tuvo que dejar en su infancia, pero que le quedó grabado en su corazón para siempre, este corazón que está bien arropado, lo abrazan sus dos tierras – Caboalles y Argentina -, sus hijos y nietos, y los recuerdos de sus padres y esposo, además de sus amigos, no necesita más, pero desde ahora espero que nos deje un huequecito para sus paisanos de Caboalles, al menos yo ya le expreso mi cariño y afecto.

 

Espero que disfrutéis de esta historia como he disfrutado yo, y que os emocionéis como me he emocionado yo.

 

Que el agradecimiento, que el reconocimiento de sus paisanos le llegue a Alba, la hija de El Pampero.

 

Bienvenida a tu pueblo, Caboalles, que nunca abandonaste pero es que las nuevas generaciones no te conocíamos.

 

Bienvenida, Alba, bienvenida.

 

 

 

 

De Caboalles
 
a Santa Fe

 

 

 

 

 

III Premio

I Concurso a la Memoria de la Emigración Castellana y Leonesa

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Maria del Alba Álvarez de García Puente


 

Corría el mes de Agosto en España y el 24, es el día que en mi pueblo,  Caboalles, se festeja el día del patrono del lugar, San Bartolo. Desde las primeras luces, el pueblo se inunda con visitantes de los pueblos vecinos, de gaitas, cantos, y durante todo el día concursos, juegos  y bailes en  sus calles. La fiesta central es en campo de baile, y en el parque de diversiones. Al final de la tarde se realiza el concurso de  bailes típicos del pueblo, mas precisamente el “Baile del País”. Ese año ganó la pareja formada por Adela Buelta García de Bimeda, provincia de Asturias y Felipe Álvarez Andrés de Robles Provincia de León. Así se conocieron, se enamoraron, más tarde unieron sus vidas y nací yo. María del Alba.

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Casa natal de Alba.

 

Nací entonces en Caboalles de Abajo, provincia de León, un 12 de Febrero de 1927 con una gran nevada, que cubría todo el pueblo. Según me contaron, ese año era el segundo día de Carnaval, será por eso que dentro de mí siempre existieron la alegría, la música y las ganas de vivir, aún en los peores momentos que nos tocó pasar.

 

Mi querido pueblo está en el Valle de Laciana entre montañas de la Cadena Cantábrica que lo separan de la provincia de Asturias. Es una zona de minas de carbón que constituyen su principal fuente de trabajo y sustento. Todo alrededor es una conjunción de montañas arboladas y verdes prados donde solíamos ir a merendar en los días de verano.

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Alba en el patio de su casa

 

Todavía me parece escuchar el murmullo del arroyo que atraviesa los prados y el pueblo. Cierro los ojos y pasan ante mi los días felices de mi niñez, mis amigas, los juegos con la nieve, los días escolares, el olor de las castañas asadas, la luminosidad del cielo, en fin, momentos maravillosos que la guerra tronchó abruptamente.

 

Mi madre nació en Bimeda,  provincia de Asturias. La familia de su madre Trinidad era de León, pero se había casado con Manuel Buelta, un asturiano que la llevó a vivir a su pueblo, y tuvieron 5 hijos. En el último parto falleció mi abuela y la criatura. La familia se disgregó: Mamá quedó huérfana junto con sus hermanos con solo 2 años de edad. De mi madre y su hermano menor Manuel se hizo cargo una hermana de mi abuela materna: La tía Benigna como siempre se la llamó. Los tres mayores, Sofía, Amparo y José, estuvieron a cargo de un hermano de mi abuela, el tío Eduardo, que residía en Argentina, en Bragado, provincia de Buenos Aires y allí marcharon. Sin saberlo, ya la familia se movía a Argentina, donde con el tiempo y la guerra se completaría el exilio de todos.

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Adela, la madre de Alba.

 

Mi madre y su hermano fueron criados y muy bien instruidos por la tía Benigna,  era muy culta y se dedicó mucho a ellos. Estudiaron hasta el equivalente de Bachiller. Después Manuel viajó a Argentina para evitar el servicio militar,  que en esos tiempos era obligatorio y sobre todo, muy peligroso. Mamá entonces quedó sola y continuó estudiando y cuidando de la tía que ya tenia sus años y comenzaba a atacarla el reuma.

 

La familia de mi madre era descendiente de la Casa de las Rozas que pertenecía a la nobleza, era bisnieta de la Marquesa de Inicio y Condesa de Rebolledo. Es por esto mensualmente recibía una pequeña renta vitalicia que correspondía a cada uno de los herederos de dicha marquesa.

 

Mi madre fue toda una Mujer: trabajadora incansable, agradecida, inteligente, preparada, alegre, comprensiva y de mucho sentido común. Con el calvario que vivimos durante la guerra y nuestra emigración, nunca demostró la tristeza que sentía ni la pena que la causó dejar su hogar; la sonrisa nunca se borró de sus labios y siempre afrontó con  valentía y entereza todas las dificultades  que sufrimos.

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Adela, madre de Alba, con unas amigas de Caboalles,  Alicia y Olimpia.

Mi padre,  Felipe Álvarez Andrés nació en Robles, un pueblito muy pequeñito colgado de la montaña y cercano a Caboalles. Estudió en el Colegio de “Sierra Pambley” en Villablino, un pueblo cercano y más grande donde estaba el Ayuntamiento. Era un colegio que utilizó un sistema de ecuación muy adelantado para la época, donde pudo aprender mucho de cultura general, matemáticas, contabilidad y Francés. Gracias a esa alta y completa preparación, fue que pudimos desenvolvernos cuando al exiliarnos llegamos a Francia y en la vida en general.

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Felipe, el padre de Alba

De pequeño ayudaba a su padres en el cuidado del rebaño en la braña, que es un lugar alto de la montaña donde se llevan a pastar a los animales en el verano. Recuerdo que muchas veces para que me durmiera, me contaba alguna anécdota de esa época. Era muy inteligente y preparado, pero también debió emigrar a Argentina, también para evitar el servicio militar. Allí se naturalizó y trabajó unos años  llevando la contabilidad de varios negocios. Cuando conoció a mi madre, estaba en España visitando a su familia y al decidir casarse ya se radicó definitivamente en España.

 

Mis padres luego de casarse abrieron en el piso bajo de la casa, un gran negocio de Ramos Generales, muy típico de esa época y había de todo un poco. De mañana lo atendía  mamá, ya que mi padre trabajaba como contador en la administración de la mina, y por la tarde él atendía el negocio y mamá a la tía y a mi.  Fue muy próspero porque a papá siempre se desenvolvió siempre muy bien en el comercio y en los números

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Tienda El Pampero

La  casa de familia estaba en el piso de arriba, la recuerdo muy confortable y cálida. Lo que mas me gustaba era el balcón en el que se sentaba siempre mi tía, que ya no podía caminar, y se distraía todo el día mirando la carretera y los verdes prados. A sus pies me sentaba yo  a escuchar las increíbles historias que ella me relataba con mucho cariño.

 

Mi niñez transcurrió así, muy feliz, rodeada del cariño de mis padres y de la tía que me adoraba. Solamente extrañaba a veces los juegos de chicos, pues como hija única no tenía con quien compartirlos.

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Alba, con su familia, en Carrasconte

 

Pero nada es eterno. Y un día fatídico, el 18 de Julio de 1936, estalló la guerra.  El General Francisco Franco, se sublevó en contra del gobierno de la República y con su ejército, avanzó sobre España. Algunas provincias lo ayudaron, otras no. Nuestra región estaba a favor de la República.

 

Mi padre tenía sólidas ideas democráticas y progresistas aprendidas en Argentina, aunque no militaba en política, era republicano; y sus ideas eran conocidas en el pueblo. Mamá no pensaba igual, pues descendía de una familia tradicional y más conservadora, pero llegado el momento, estuvo siempre en un todo con él.

 

Las tropas de Franco avanzaban y se acercaban peligrosamente a la región, así que seguimos el consejo de un antiguo vecino, que nos apreciaba mucho, y nos recomendó que dejáramos el pueblo de inmediato, pues corría peligro la vida de mi padre. Fue un día después de almorzar en que nos decidimos a partir, pero con ilusión que la guerra terminaría pronto y podríamos volver a casa pronto.

 

A la tía y a mí nos trasladó una camioneta de Milicianos hasta Cangas (Asturias), donde nos ubicaron en un hotel indicado por mamá. Allí esperaríamos a mis padres. Ellos llegaron al día siguiente de mañana después de haber cruzado la montaña de noche y a pie para no ser vistos. Mamá llegó con las zapatillas destrozadas y supongo que su corazón también. Salimos de casa con lo puesto y nunca más volvimos a vivir en ella.
Atrás quedaba una vida feliz, tranquila, alegre para mí, llena de sueños y esperanza de progreso para mis padres. Frente a nosotros se abría el abismo de un futuro incierto, lo mismo que para mi querida España. Lo que parecía ser una pequeña sublevación se transformó en una terrible y cruenta guerra civil que duró tres interminables años.

 

Durante esa noche los milicianos, con el consentimiento de papá, sacaron de nuestro negocio toda la mercadería que pudieron. Pero mucho quedaba todavía y al día siguiente cuando entraron las tropas de Franco, arrasaron con todo y destruyeron lo que no podían llevarse, tanto del negocio como de nuestra casa. Cuentan los vecinos que rodaban por la calle nuestros muebles, ropa, papeles, fotos y sobre todo los libros, libros que mi tía había heredado de un primo sacerdote quien poseía una biblioteca completísima, hasta contaba de un volumen de la Primera Edición de la Gramática Castellana de Nebrija, que era toda una reliquia.

 

En una pocas horas habíamos lo perdido todo: negocio, casa y pueblo, pero estábamos con vida y los cuatro juntos, mi padre, mi madre, la tía y yo, y con la firme esperanza de que en corto tiempo, volveríamos. Lo que no nos imaginábamos era que la guerra iba a durar tanto, que el ganador sería Franco y que no volveríamos más.

 

De aquí en más, seguimos escapando siempre, huyendo delante de las tropas de Franco pero siempre juntos. Padecimos angustias, miedos, hambre, frío. Pero siempre me aferraba a mi muñeca preferida y a mi una sombrilla verde que fueron lo único que saqué de casa y llevé conmigo todo el tiempo. Suponía que la muñeca me acompañaba y la sombrilla me protegía.

 

En esas condiciones recorrimos Asturias y Cantabria, hasta llegar a Bilbao, donde mi madre recurrió a una prima suya que nos auxilió facilitándonos dinero y una casita de fin de semana para que viviéramos en un pueblo de la montaña, Urioste. Queda en la parte alta de Portugalete, donde está el famoso Puente Colgante. Me parece estar viéndolo, tan alto, tan grande… Estábamos al principio de la Ría que atraviesa toda la zona industrial de fábricas y altos hornos siderúrgicos. Era por esto que esta zona era defendida y también tan bombardeada.

 

Desde donde vivíamos teníamos una vista magnífica que me deslumbrada: la entrada de la Ría se abría a la inmensidad del mar y  continuaba con el azul del cielo. De ese cielo profundo e interminable y desde donde al poco tiempo veríamos llegar los aviones que nos atacarían casi  continuamente. Fue una época durísima. Nos daban una libreta de racionamiento con la cual podíamos comprar unos escasos alimentos pero cada vez en menos cantidad, todo se terminaba.

 

Desde mis 8 años, no alcanzaba a comprender bien la gravedad de la situación que estábamos viviendo con mi familia y con mi inocencia disfrutaba con los chicos del pueblo. Con ellos y sobre todo con una amiga refugiada de San Sebastián, recorríamos todos los campos vecinos juntando algo para comer. Comimos primero las zanahorias que quedaban, cuando estas se terminaron, fueron los nabos y las algarrobas, y finalmente los caracoles que salían después de la lluvia; pero esos yo no los comía, no me atrevía, y entonces los cambiaba en el almacén del pueblo por un poco de pan, negro por supuesto, porque blanco ya no había.

 

Tareas que eran interrumpidas por las sirenas que anunciaban la llegada de los aviones. Era tal el miedo que tenía a los aviones,  que antes de que ellas sonaran oía el zumbido de los aviones desde muy lejos. Aparecían repentinamente sobre las olas del mar, siempre venían del mismo lugar, volando muy bajo, sabiendo que los republicanos no tenían defensas. Ametrallaban todo lo que se moviera, ganado y personas. Yo corría y me protegía guareciéndome bajo los árboles, me parecían más seguros que quedarme dentro de la casa. Las balas pasaban a mi alrededor silbando y moviendo las hojas que tocaban pero yo estaba segura que me protegían. Los aviones iban y venían, muy bajos, fueron días  terribles. En esos momentos sentía latir el corazón tan fuerte, me parecía que iba a salir de mi cuerpo,  no tenía miedo por mí sino por lo que le pudiera pasar a mis padres que se quedaban en la casa con la tía que ya no podía caminar hasta el refugio. Nunca la  dejaron sola.
        El día que destruyeron Guernica, los aviones volaron sobre nosotros durante todo el día, iban y venían continuamente zumbando a muerte.

 

Mientras convivíamos con la metralla, mamá recorría los caseríos de la zona buscando quien le vendiera algo de comida; y papá iba a los molinos que molían el maíz donde le cambiaban harina por cigarrillos que él había alcanzado a sacar de nuestro negocio.

 

Mi padre comenzó entonces con los trámites para poder salir de España y viajar a Argentina como única alternativa. El se había naturalizado cuando estuvo en Argentina, lo que nos permitía intentar salir, de contrario hubiera sido imposible. Solo salían mujeres, niños y extranjeros. Pero muchas cosas debían ocurrir prácticamente juntas: que la embajada nos permitiera salir como familia, que la tía sea recibida por alguien que garantizara que no iba a ser una carga para el estado, y el dinero de los pasajes. Toda nuestra esperanza era entonces el tío Eduardo que años atrás se había hecho cargo de los hermanos de mamá al morir su madre y ahora le tocaba recibirnos a nosotros.

 

 Los trámites duraron meses interminables porque el trabajo en la embajada era muy irregular. Papá iba caminando a Bilbao, dos horas a pie de ida y otras dos de vuelta, muchas veces para nada.

 

Los últimos días a las metrallas se sumaron las bombas. Todos corrían varias veces al día a los túneles del tren que servían de refugio, como no podíamos llevar ya a la tía de ese modo, mis padres resolvieron que los túneles fueran nuestro nuevo hogar. Allí fuimos y compartimos esa situación límite con otros refugiados y pobladores de la zona. Gracias a Dios fueron pocos días.

 

           Alcanzamos a embarcar en el último barco que salió de Bilbao. Era un buque inglés de la Cruz Roja Internacional; iba atestado de pasajeros, todos de pié y nadie pudo sentarse en todo el trayecto. El viaje duró  unas pocas horas ya que cruzamos el Golfo de Vizcaya para llegar a La Rochele, el primer puerto francés.

 

Salimos de noche en el “Vapor Habana”, a lo lejos los obuses iluminaban el cielo que íbamos dejando destruyendo todo y por delante de nosotros en una noche muy negra se abría un futuro nuevo, incierto y con lo puesto.  

 

Al poco tiempo de navegar, un destructor alemán, el Graf Spee, nos cortó el paso con intenciones de llevarnos a un puerto de Franco, pero enseguida aparecieron dos buques de guerra ingleses que custodiaban nuestra embarcación. Intercambiaron señales de luces durante un tiempo que nos pareció interminable, se estaba decidiendo nuestro futuro. Al final los alemanes se retiraron. Fue el mismo destructor años mas tarde, al final de la segunda guerra mundial,  hundieron los aliados en el Río de la Plata frente a las costas Argentinas.

 

Por fin llegamos a Francia, con toda la tristeza dejar la querida España, pero que alivio no escuchar sirenas, bombas ni ver el humo de los incendios, ni destrucción y penas. Estábamos entrando en una era de paz, aunque fuera en un país extranjero.

 

En el puerto francés nos trasladaron a un barco mayor hasta que concluyeran los trámites aduaneros, que demoraron bastante porque había muchos Españoles  tratando de entrar y permanecer en Francia. A los refugiados, los alojaban en campos donde les suministraban alimentos pero no les permitían salir. Mi padre para evitar eso, consiguió que nos alojáramos en una pensión y sin tener ni un céntimo, a la espera del dinero que enviaría el tío Eduardo desde Argentina, que nos permitiría embarcar hacia el tan soñado futuro americano.

 

Mientras duró la espera íbamos a comer al barco; las mesas las tendían sobre la toda la cubierta y  nos ubicaban por turnos porque éramos muchos y no cabíamos. Cuál no sería mi alegría cuando el primer día vi al lado de cada plato, un pan flauta larguísimo y ¡blanco!; pan que hacía más de un año que no comía. Y además de ese pan servían un plato de lentejas que a mí no me gustaban, pero las comí como el mejor manjar para disimular y no solo eso, sino que al terminarlo, di la vuelta rápidamente y me senté en otra mesa para poder disfrutar y saborear un nuevo pan. Pero cuál no sería mi sorpresa al levantar la vista y ver que frente a mí estaba mi padre mirándome asombrado y estupefacto; pero ante mis señas siguió paseando haciéndose el distraído. Nunca olvidaré el olor y el sabor de ese pan… y el de las lentejas.

 

Lentamente el panorama se iba aclarando, los trámites por fin fueron concluidos y comenzamos el descenso del barco para pisar una nueva tierra.

 

Papá con su francés aprendido en el Colegio “Sierra Pambley” se defendió muy bien y logró instalarnos en un hotel, donde esperaríamos la llegada del giro de Buenos Aires. Gracias a Dios en el hotel no nos pidieron ningún anticipo, pues en ese momento no disponíamos ni de un duro. ya que de España no se podía sacar dinero ni alhajas.

 

Muchos anos después,  me confesó mi madre, que durante esa espera interminable, estaba tan nerviosa que le era imposible dormir, entonces se paseaba por la habitación mientras dormíamos y descalza para que no se escucháramos sus pisadas.

 

Pero todo llega, y una mañana luminosa se oyó en el patio una voz preguntando por Monseur Álvarez, era el ordenanza del banco que requería la presencia de papa: el tan ansiado giro había llegado.  Las penas iban disminuyendo y un futuro nuevo se abría ante nosotros.

 

Después de proveernos de alguna ropa presentable y de comprarme una cestita de fresas, emprendimos el recorrido terrestre en tren hasta el puerto donde embarcaríamos hacia la Argentina.

 

En trenes modernísimos que nunca había visto, atravesamos toda Francia, desde La Rochele en el sur, hasta Cherburgo en el norte. En esa travesía de trenes hicimos varios trasbordos y en cada uno debíamos encontrar una silla de ruedas, única forma de trasladar a la tía. Llegamos entrada la noche. Al entrar al puerto quedé maravillada, todo me parecía de cristal, podía divisar los barcos que entraban y salían con sus luces titilantes como inmensas luciérnagas. Por fin atracó nuestro y en él nos ubicamos, muy ansiosos y a la vez con temor a lo desconocido. ¿Qué nos esperaría después de cruzar tanta agua?
             Los días se fueron sucediendo. Dejamos atrás Francia, España y Portugal. La familia seguía unida y confiando en que el futuro sería bueno. A los tres días de dejar Lisboa una triste noche, la querida tía  Benigna, falleció. Tenía ya 80 años y habían sido demasiadas las emociones y angustias vividas en esos últimos tiempos, para su cansado corazón y su cuerpo castigado por el reuma. Que pena para todos nosotros, especialmente para mamá, tener que resignarse a dejar a quien la había criado en la inmensidad del Atlántico y después de tanto luchar  con ella y por ella. Fue uno de los momentos más tristes de mi vida. La familia había perdido uno de sus miembros, tan querido por todos. Allí quedó, como si quisiera aferrarse a la historia que terminábamos de vivir.

 

Desde mi inocencia e inquietud, recorría y descubría  todos los rincones del barco. Un día al final de un largo pasillo, encontré un salón de estar muy amplio y en el centro había un hermoso piano de cola. Recuerdo perfectamente

el impacto que tuve al verlo, tan grande, tan perfecto, tan imponente, esos sonidos cuando mis dedos tocaban torpemente las teclas.  Y allí nació en mi la ilusión de poder tocarlo algún día. Ilusión que nunca perdí, que se hizo realidad y que fue una parte importantísima de mi vida incluso hasta estos días,.

 

El barco siguió su marcha;  Rio de Janeiro, sus playas, el Pan de Azúcar, y el inigualable Corcovado con el  Cristo con sus  brazos abiertos, Fuimos dejando Brasil, y en unos días entramos en inmenso Río de la Plata, que a mi me pareció un mar de café con leche. Luego de algunas horas de navegarlo por fin vimos las luces brillantes de la que sería nuestra segunda patria, la querida Argentina.

 

En el hotel de emigrantes nos esperaban los sobrinos de mamá, a quienes no conocíamos; llegaron hasta nosotros a través de un altavoz reclamando a “Adela Buelta”. Que impacto escuchar el nombre de mamá en esas circunstancias. Era la noche del 29 de Junio de 1937, el día de San Pedro y San Pablo. El sueño de dejar atrás la guerra se había cumplido. Empezaba para nosotros una nueva vida muy distinta a la que dejábamos, pero llena de esperanzas y sobre todo, dispuestos a gozar de la paz tan deseada.

 

Llegamos entonces a Bragado y mamá pudo al fin tener la alegría de conocer a sus otros hermanos: Sofía, Amparo y José que habían emigrado al morir su madre. Todos sintieron enormemente la pérdida de la tía Benigna, y una vez mas, la familia se resignaba ante una pérdida.

 

Después de las primeras alegrías del conocimiento mutuo, se comenzó a proponer y considerar distintos proyectos para nuestro futuro, a los que  renunciamos pues mi madre prefería instalarnos donde se encontraba el otro hermano y con el que se había criado con la tía, Manuel. El vivía  en Paraná, Entre Ríos, y hasta allí marchamos todos,  previo agradecimiento al tío Eduardo por lo que había hecho por nosotros, nos había sacado del infierno de la guerra.

 

En esa nueva ciudad formamos nuestro nuevo hogar, junto al tío  Manuel.  Tenía un puesto de frutas y verduras en el Mercado de Abasto y  mi padre comenzó a trabajar como contador.  Vivíamos únicamente con lo indispensable, llevando una vida humilde y austera.

 

En ese tiempo volvió a surgir en mí el sueño de la música y mamá con mucho sacrificio me envió a estudiar piano con una excelente profesora. A los 4 meses ya tocaba mis primeras piecitas. Qué alegría tuvieron mis padres el día que me escucharon por primera vez. Al poco tiempo con mucho sacrificio y estricta administración del sueldo de papá,  pude tener mi piano (y que todavía poseo). Un sueño que se hacía realidad y que se compraría en interminables plazos. Con qué gusto y alegría estudiaba, no podía creer cuando veía mis dedos pulsar las teclas y escuchaba esos sonidos que me llegaban hasta el alma. Recuerdo a mi madre contemplándome en las tardes mientras estudiaba y con una sonrisa de satisfacción en sus labios, mientras tejía prendas al crochet, que luego vendía para comprarme los libros que yo necesitaba.

 

Cuantas cosas cambiaron. Qué distinta la vida llevábamos a la que habíamos dejado en la querida España. Sin embargo, nunca vi a mi madre triste ni desesperanzada, siempre se mantuvo firme y sonriente, con la frente alta y solucionando de alguna forma los problemas que surgían; pero como ella siempre decía: “Estamos vivos y juntos, y eso es lo que importa”.  Ahora, con el paso del tiempo y a mis 80 años, comprendo todo lo que querían significar esas palabras, y cuántos sufrimientos le habría costado a ella mantenerse siempre erguida y tan positiva.

 

Mi niñez en Paraná transcurrió entonces tranquila y feliz, tuve nuevas amigas y una nueva escuela. En esa época hice mi Primera Comunión y comprendí una vez más cuánto tenía que agradecer a Dios por habernos llevado a un puerto seguro y donde se nos abrían las puertas con cariño en un país que se convertiría en nuestra nueva patria y a la que tanto tenemos que agradecer.

 

En esa época el padre de una amiga mía le ofreció a papá el cargo de contador en una zapatería, que abriría en la ciudad de Santa Fe.

 

Entonces fue así como la familia una vez más dejaba atrás una etapa para emprender otra nueva y nos trasladamos a la que ya sería el lugar ya permanente donde trascurrían nuestros destinos hasta hoy.

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Alba en el Centro Asturiano de Santa Fe, del que es Vicepresidenta.

 

Quizá el nombre de la ciudad, “Santa Fe”, donde llegábamos nos inspiró confianza, y nuestra vida, con los altibajos de siempre, se debió llenar de fe. Tiempo después, se cerró la zapatería, y mis padres decidieron abrir las puertas de un negocio propio gracias a un préstamo del hermano de mamá en la calle San Martín: la zapatería “Primor”. Nuevamente la familia ayudándose en la necesidad, y nosotros frente a un nuevo proyecto, un nuevo desafío, pero al fin, algo propio.

 

Mientras continuaba siempre con las clases de piano, ingresé en la Escuela Normal para ser docente. Mi madre siempre me inculcó  que la única fortuna de la cual se es realmente dueño y nadie puede quitarte es El Saber. “Lo que tú tengas dentro de ti”. Por eso procuré cumplir con su deseo y tratar de que mi vida interior fuera plena, y el destino me lo corroboró ampliamente.

 

Junto con los estudios, mi adolescencia alternaba con la concurrencia a los centros españoles donde íbamos con toda la familia, éramos siempre recibidos con los brazos abiertos y mis padres disfrutaban mucho de esa convivencia con sus compatriotas. Ibamos a la Sociedad Española de Socorros Mutuos y también al Centro Asturiano. En las  fiestas  actuaba  con un conjunto de teatro y bailes típicos que me gustaba mucho verlos y que se llamaba “La Panoya”.

 

Un buen día me invitaron a participar en este grupo como pianista y fue entonces a los 16 años que conocí al que sería el amor de mi vida: Juan Carlos; un violinista de música clásica que dirigía la parte musical del conjunto, pero que también tocaba maravillosamente la gaita. Juntos trabajamos fervorosamente en las tradiciones musicales del conjunto, más tarde, empecé a ser su acompañante en sus conciertos y luego su acompañante en la vida también.

 

Nos casamos en el año 1950, yo ya era maestra y profesora de piano y pianista, siempre llevé dentro de mí el amor por la música. Eso fue quizá lo que nos unió toda la vida y nos permitió ser tan felices,  compartíamos el amor y también el trabajo.

 

Después de terminar mis estudios empecé a trabajar como docente haciendo reemplazos en la Escuela Sarmiento, y en mi casa dando clases particulares de piano. Me presenté y gané un concurso que se realizó en el Liceo Municipal de la ciudad de Santa Fe y trabajé allí de profesora de piano durante 32 años hasta que me jubilé.

 

Mi esposo que también fue profesor de violín, llegó a ser el Director de dicho Liceo y el primer violín de la Sinfonía de Santa Fe. Todo esto lo      alternábamos preparando de vez en cuando alguna ópera o zarzuela, y tocando en las festividades de colectividad, pero el la gaita y yo la pandereta.

 

            Así continuó nuestra vida familiar, con los altibajos propios de cada uno. Mis padres con su negocio, Juan Carlos con su exitosa carrera de violinista, los chicos con sus estudios, y yo entre mi trabajo de profesora de piano,  esposa y madre. Tuvimos dos hijos que son excelentes y a través de los años no nos dieron más que felicidad: Carlos Felipe y Juan José. Más tarde, llegaron los nietos. Hoy tengo 5: María Laura, María Jimena, Carlos Ignacio, Lucía y Julia. A las dos más pequeñas Juan Carlos no tuvo la dicha de conocerlas.

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Su hijo Carlos, al que le debemos la cesión del texto y de las fotos.

 

De esta forma transcurrió nuestra vida feliz y plena, alternando nuestro trabajo con la formación de los hijos. Nuestra convivencia y cariño siempre se vieron fortalecidos por el amor a la música, que nos unió aquellos años que vivimos juntos.

 

Pero nada es eterno, y en menos de 10 años perdí a mis padres y a mi gran compañero, mi único amor. Hace 24 años que no está con nosotros, pero permanece inalterable en todos los momentos de mi vida y la música de su violín no se borrará jamás de mi memoria ni de mi corazón. Además me dejó un tesoro incalculable que son los hijos y en este momento constituyen mi sostén física y moralmente. Son odontólogos los dos, pero también dentro de ellos vibra el amor por la música que vivieron en casa y sus dedos además de manejar el torno tocan las cuerdas de la guitarra y los palillos del tambor para las jotas. 

 

Siempre estuve cerca y trate de colaborar con diferentes instituciones

sociales.  Tuve diversos cargos en la  Sociedad Española de Socorros Mutuos, actualmente integro la comisión del Centro Asturiano como vicepresidenta y  con la llegada de la Comunidad Castellana “Mi Tierra”, soy socia de la misma y comparto sus eventos. También participo y fui presidenta del Rotary Club, una entidad de servicio.

           
            A pesar de mis años, que ya me pesan, no dejo de ir a los ensayos y actuaciones del grupo folklórico que tanto me gustaba ver cuando era muy joven “La Panoya”. Hoy soy su asesora, canto con ellos y hago sonar lo mas fuerte que puedo la pandereta en la fiestas; los guío, oriento y les marco el ritmo. Mis padres ya no están, mi marido tampoco, pero las tradiciones del terruño si. Por eso es que no puedo dejar de emocionarme al ver bailar a mis nietas pequeñas la Jota y sobre todo el “Baile del país”, baile con el que se conocieron y enamoraron sus bisabuelos, Adela de Bimeda y Felipe de Robles, aquel día de San Bartolo hace tantos años, tanta guerra, tantos sufrimientos y tantas pérdidas”.

 

Cuántos recuerdos vienen a mi mente de mi querido pueblo  y mi infancia. Cómo me acuerdo cuando en el año 1982, después de recibirse nuestros hijos, pensamos en cumplir un viejo y anhelado sueño nuestro:  poder regresar a España. Mi marido era hijo de asturianos y lo deseaba tanto como yo.
          Nadie que no lo haya vivido puede imaginarse lo que es volver a su tierra natal,  verla desde el avión, contemplando los cuadrados de los prados de distintos colores, mezclándose con los grupos de casitas que formaban las ciudades.

           Primero fue Madrid, luego León y mas tarde Villablino, el Colegio Sierra Pambley donde había estudiado mi padre. Pensar que esa era mi querida y hermosa tierra, el lugar donde nací, y que tan bruscamente tuvimos que abandonar. Habían pasado 45 años, toda una vida.  A medida que el autobús avanzaba y nos acercábamos a mi pueblo, mi corazón palpitaba cada vez más fuerte. Sentía que volvía a ser la niña que jugaba por los prados y con la nieve, y me veía con mis queridas amigas asando las castañas en la estufa de la escuela. Justamente mi escuela fue lo primero que vi, estaba allí, igual, me parece un poco mas pequeña,  pero con niños que ojalá que nunca tengan guerra. Seguimos avanzando y pude divisar un sendero que descendía sobre la carretera y por el que yo me escapaba para jugar con las otras niñas. Más adelante ya no pude más y mis ojos se llenaron de lágrimas. Frente a mí estaba la soñada y recordada casa donde nací, donde estaba el negocio de mis padres,  con su verja oscura, sus escaleras laterales y el balcón desde donde la tía Benigna y yo veíamos pasar los vecinos y la vida. Nada había cambiado, todo estaba igual, quizá con más casitas blancas y una Iglesia nueva, pero yo lo veía igual.

 

Reviví mi niñez y esta vez acompañada por el hombre que compartió conmigo mi vida, mis recuerdos y la alegría del reencuentro. Fue algo inolvidable. Pude unir el pasado y el presente, mi infancia  y mi madurez, pude volver a mis recuerdos a mi pueblo, a mi casa, y a mis antiguas amigas que ya estaban mayores como yo.

 

Volví varias veces a España, pues la vida me premió permitiéndome hacerlo siempre con la colaboración de mis hijos, pues ellos saben lo que significa para mí el poder regresar a mi pueblo para la fiesta de San Bartolo, y siempre tratan de que ello sea posible.

 

A medida de que pasan los años vuelven a mí con más insistencia y claridad los días de mi niñez, las montañas y los prados verdes, los sones de las gaitas, el canto de las mujeres que iban a lavar al río, en fin, todo lo inolvidable que constituía mi niñez.

 

Pero la vida que es una gran maestra me enseñó mucho y sobre todo  me enseñó a entender que si bien el desarraigo es terriblemente triste y doloroso, también tiene una faz positiva y es que me permitió tener otra patria además de la que me vio nacer, una patria nueva, amplia y generosa que nos recibió con los brazos abiertos y donde encontramos la paz, trabajo y yo en particular, el amor. Los dos aspectos del desarraigo entrelazados constituyen mi vida.

 

Muchas gracias Argentina por lo que me diste, pero yo también te dejo mucho: mis mejores años, mis hijos, hombres de bien que contribuirán a tu grandeza, y mis queridos nietos que constituirán el futuro. Atrás quedó España, que siempre permanecerá mi corazón; y ante mí  Argentina, la otra Patria que nos recibió con los brazos abiertos y la generosidad de una madre amantísima.

 

En momentos de reflexión y nostalgia, con mis manos ya un poco reumáticas como las de la tía Benigna,  toco el piano que me compraron mis padres en Paraná con tanto esfuerzo y repaso en soledad pero rodeada de retratos, algún concierto de los  que tocaba con mi marido, el pasodoble Suspiros de España  y el Baile del País, que bailaban mis padres en la fiesta de San Bartolo, cuando se conocieron el 24 de Agosto de 1925.

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Mariana Rivera, periodista del diario El Litoral, recogiendo un premio por su sección De Raices y Abuelos, gracias a la cual me enteré de la existencia de Alba.

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